miércoles, 31 de diciembre de 2014

Tenía la mirada perdida en el vaso de ginebra que sostenía con su mano derecha. Afuera, se escuchaban las gotas de una incesable lluvia que mojaba cada rincón de la ciudad. Su mente estaba habitada por pensamientos que le recordaban sus ojos color diamante desde donde sus intrépidas palabras se decían por si solas y donde no hacía falta que su labios apasionantes se abrieran a sonidos sordos, a murmullos incesables. Ahora allí, aquellas cosas que nunca se habían dicho, le resultaban tan insignificantes como la charla de dos señoras en la esquina de un café, contando anécdotas de su pasado. Sin embargo, el remordimiento se sentía desde lo vacío de su corazón.Buscando una respuesta a algo que nunca tendría un por qué, el vaso medio lleno se vaciaba a cada trago y a cada mirada perdida.